lunes, 7 de abril de 2014

El tigre histriónico del lanzallamas.

Yo era un burdo tigre. Un tigre más. Un tigre entre tigres. Cómo una hormiga en un hormiguero, yo era un tigre en un triguero. Era un grano de arena en un arenero, o mejor aún, en un reloj de arena gigante que lanza rayos de arena de sus arenosos ojos.


Pero un día cambió todo, un día me aliste en la armada. Manejaba bien todas las armas, desde la pistola más pequeña hasta el lanza misiles más atroz y devastador. Pero había un arma que la usaba con una elegancia, talento y maestría jamás antes vista: el lanzallamas. El lanzallamas me convirtió en un tigre con clase, me saco del burdo mundo en el que vivía, del triguero, del maligno reloj de arena gigante. Cada vez que lo usaba, quemaba las cosas con una finura y excelencia descomunal. Todos quedaban atónitos. Jamás habían visto un espectáculo de destrucción tan increíble y asombroso. Rápidamente se corrió la voz sobre mi talento y no tardaron en llegar a mi casa hordas de periodistas y aficionados. Hice un par de espectáculos por las vegas y por Europa. Mi nombre abarcaba todas las portadas de los diarios de todo el mundo con titulares como “un tigre que utiliza el fuego muy bien”, “un tigre que quema cosas” o “un tigre”. Estos titulares que expresaban tan bien mi talento, quizás exagerándolo para llamar más la atención del público, propagaron aún más rápido mi fama mundial.

Pero una vez la llama se apagó. Una vez mi mundo volvió a ser burdo y el reloj de arena ya no era ni tan gigante ni lanzaba rayos tan arenosos y devastadores. Un día mi espectáculo aburrió. Siempre era lo mismo, destruir cosas. Volvía a ser un tigresucho. Aunque esta vez tenía muchos millones y un talento. Lo único que tenía que hacer era reinventarme, darle un giro a mi show. Me puse en contacto con eruditos del espectáculo para que me aconsejaran. Pero ninguno de ellos me convenció de sus propuestas. Parecía que mi vida iba a seguir siendo aburrida. Me deprimí. No quería comer. No me quería bañar. No quería vestirme. Me estaba convirtiendo en un tigre desnutrido, sucio y desnudo.

Pero un día, en uno de mis desnutridos, sucios y desnudos días, me llamó la atención una noticia que leí en el periódico: querían instalar una central atómica en mi ciudad. Una exitosa campaña ecologista consiguió que los ciudadanos se opusieran al establecimiento de la central. Las protestas empezaron a acrecentarse en número y en armamento. Los primeros días eran no más de 50 tigres con carteles. Luego eran algo más de 100 con tridentes y antorchas (a lo medieval). Más tarde ya eran unos 300 tigres con pistolas y escopetas. Finalmente se congregaban centenares de miles de tigres con bombas atómicas, algo contradictorio con respecto a lo que tanto aborrecían. Las protestas pasaron gradualmente por todo el espectro armamentista. Bueno casi todo: en ninguna protesta se observó un tigre armado con un lanzallamas. Asique allá fui yo con mi lanzallamas, un cajón de naranjas y un megáfono. Me abrí paso entre la multitud, me subí al cajón y con megáfono en mano empecé mi discurso.

“Compatriotas. Tigres y tigresas. Debemos frenar este proyecto que compromete la salud de nuestras crías. Pero la solución no es detonar ningún explosivo ni disparar proyectiles de fuego. La solución es el fuego en su máxima expresión. Solo fuego. Es una paradoja que, en esta época tan marcada por el profundo progreso tecnológico, los problemas contemporáneos se solucionen con un elemento tan primitivo. Pero el fuego, amigos, es tan primitivo cómo eficaz. Más eficaz que cualquier tecnología de destrucción, por más avanzada que sea.”

A continuación empecé a quemar toda la estructura que ya habían comenzado a construir. El despliegue de llamas maravilló a todos los protestantes a la vez de generarles una felicidad enorme por la incineración de la planta. Una vez más lo había conseguido. Una vez más deje ser burdo. Una vez más salí del triguero y del reloj gigante malo. Una vez más fui la tendencia, el tigre del que todos hablaban. El héroe justiciero incinerador.

Ahora vuelvo a ser un tigre normalucho, pero con un par de millones más que antes. Pero a mí los millones no me importan. Lo que me llena el alma es estar en boca de todos, ver los ojos brillosos de la gente cuando incinero. Cuando vuelva a conseguir otra cresta de ola en mi vida sabrán más de mí.

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