Yo era un
burdo tigre. Un tigre más. Un tigre entre tigres. Cómo una hormiga en un
hormiguero, yo era un tigre en un triguero. Era un grano de arena en un
arenero, o mejor aún, en un reloj de arena gigante que lanza rayos de arena de
sus arenosos ojos.
Pero un día
cambió todo, un día me aliste en la armada. Manejaba bien todas las armas, desde
la pistola más pequeña hasta el lanza misiles más atroz y devastador. Pero
había un arma que la usaba con una elegancia, talento y maestría jamás antes
vista: el lanzallamas. El lanzallamas me convirtió en un tigre con clase, me
saco del burdo mundo en el que vivía, del triguero, del maligno reloj de arena
gigante. Cada vez que lo usaba, quemaba las cosas con una finura y excelencia
descomunal. Todos quedaban atónitos. Jamás habían visto un espectáculo de
destrucción tan increíble y asombroso. Rápidamente se corrió la voz sobre mi
talento y no tardaron en llegar a mi casa hordas de periodistas y aficionados. Hice
un par de espectáculos por las vegas y por Europa. Mi nombre abarcaba todas las
portadas de los diarios de todo el mundo con titulares como “un tigre que
utiliza el fuego muy bien”, “un tigre que quema cosas” o “un tigre”. Estos
titulares que expresaban tan bien mi talento, quizás exagerándolo para llamar más
la atención del público, propagaron aún más rápido mi fama mundial.
Pero una
vez la llama se apagó. Una vez mi mundo volvió a ser burdo y el reloj de arena
ya no era ni tan gigante ni lanzaba rayos tan arenosos y devastadores. Un día
mi espectáculo aburrió. Siempre era lo mismo, destruir cosas. Volvía a ser un
tigresucho. Aunque esta vez tenía muchos millones y un talento. Lo único que
tenía que hacer era reinventarme, darle un giro a mi show. Me puse en
contacto con eruditos del espectáculo para que me aconsejaran. Pero ninguno de
ellos me convenció de sus propuestas. Parecía que mi vida iba a seguir siendo
aburrida. Me deprimí. No quería comer. No me quería bañar. No quería vestirme.
Me estaba convirtiendo en un tigre desnutrido, sucio y desnudo.
Pero un
día, en uno de mis desnutridos, sucios y desnudos días, me llamó la atención
una noticia que leí en el periódico: querían instalar una central atómica en mi
ciudad. Una exitosa campaña ecologista consiguió que los ciudadanos se
opusieran al establecimiento de la central. Las protestas empezaron a
acrecentarse en número y en armamento. Los primeros días eran no más de 50
tigres con carteles. Luego eran algo más de 100 con tridentes y antorchas (a lo
medieval). Más tarde ya eran unos 300 tigres con pistolas y escopetas.
Finalmente se congregaban centenares de miles de tigres con bombas atómicas,
algo contradictorio con respecto a lo que tanto aborrecían. Las protestas
pasaron gradualmente por todo el espectro armamentista. Bueno casi todo: en
ninguna protesta se observó un tigre armado con un lanzallamas. Asique allá fui
yo con mi lanzallamas, un cajón de naranjas y un megáfono. Me abrí paso entre
la multitud, me subí al cajón y con megáfono en mano empecé mi discurso.
“Compatriotas. Tigres y tigresas. Debemos frenar este
proyecto que compromete la salud de nuestras crías. Pero la solución no es
detonar ningún explosivo ni disparar proyectiles de fuego. La solución es el
fuego en su máxima expresión. Solo fuego. Es una paradoja que, en esta época tan marcada por el profundo progreso tecnológico, los problemas contemporáneos se
solucionen con un elemento tan primitivo. Pero el fuego, amigos, es tan
primitivo cómo eficaz. Más eficaz que cualquier tecnología de destrucción, por
más avanzada que sea.”
A
continuación empecé a quemar toda la estructura que ya habían comenzado a
construir. El despliegue de llamas maravilló a todos los protestantes a la vez
de generarles una felicidad enorme por la incineración de la planta. Una vez
más lo había conseguido. Una vez más deje ser burdo. Una vez más salí del
triguero y del reloj gigante malo. Una vez más fui la tendencia, el tigre del
que todos hablaban. El héroe justiciero incinerador.
